Mal, religión y saberuna lucha relacional-integral frente a una realidad ambivalente

  1. Gil Ibáñez, Alberto
Dirixida por:
  1. Julio Trebolle Barrera Director
  2. Manuel Fernández del Riesgo Director

Universidade de defensa: Universidad Complutense de Madrid

Fecha de defensa: 07 de xullo de 2010

Tribunal:
  1. Francisco Javier Fernández Vallina Presidente/a
  2. Rogelio Rovira Madrid Secretario/a
  3. Francisco P. Díez de Velasco Abellán Vogal
  4. Manuel Fraijó Nieto Vogal
  5. Marcelino Agís Villaverde Vogal

Tipo: Tese

Teseo: 111926 DIALNET

Resumo

Existe una necesidad permanente de preguntarnos por el ser y el sentido del mal y por cómo los seres humanos podemos hacerle frente. Este estudio sostiene que el mal tiene un contenido real (al menos tanto como el resto de las cosas), que es un algo-alguien que puede ser definido en torno al exceso, al sufrimiento extremo, al conocimiento falso y engañoso y a la intención cruel. Cabe hablar de mal en sentido objetivo cuando se da un exceso (devastador) tanto cuantitativo como cualitativo, y de mal moral cuando se produce un sufrimiento potencialmente excesivo y difícil de comprender. El mal (entendido también como sinónimo de caos, violencia y conflicto) es previo a la aparición del ser humano (aunque éste no le es enteramente ajeno), lo que se demuestra, por ejemplo, en la innecesaria y excesiva crueldad que tiene lugar en el reino animal o en el propio Universo. Por tanto, si se parte de la existencia de Dios debe aceptarse que éste incluye no sólo al bien sino también al mal. Lo contrario sólo puede ser defendido por razones de necesidad psicológica del ser humano, pero no por requisitos inherentes a la esencia de lo divino. Esta conclusión se deriva asimismo del estudio de los textos religiosos, tanto en el ámbito judeo-cristiano (Génesis, Job, Apocalipsis, Enoch y Qumrán), como en otras culturas (Zoroastrismo, Ugarit, Enuma Elish, Hesíodo) o el propio misticismo. Para los no-creyentes la misma conclusión puede ser aceptada sustituyendo el término Dios por el de una “realidad misteriosa y ambivalente que constituye un sistema ordenado complejo”. Una vez aceptada la existencia del mal debe renunciarse asimismo a la “tentación” de justificarlo que nos llevaría a ser sus cómplices. La única opción “moral” para el ser humano es plantarle cara, si bien la lucha no se libra de la ambivalencia que caracteriza a algunas de las armas más recurrentes, como la esperanza o la posibilidad de emplear al propio mal (y no sólo el bien) contra el mal bajo determinadas condiciones. En todo caso, la principal herramienta para la lucha contra el mal es una razón ampliada, abierta a lo supranacional o a-racional, aplicada a un saber relacional-integral donde la religión, la filosofía, la ciencia y los estudios de la mente aprenden a trabajar de forma conjunta, una vez aceptado que su principal (y común) objetivo es hacer frente al mal. Este enfoque resulta más eficaz si se acude a las ramas del saber que combinan profundización con experimentación (mística, metafísica, cuántica y psicología).